Ocho primos

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—Pronunciaré ahora un sermón corto, y mi texto ha de ser «Niños, amaos los unos a los otros». Pedí a mamá que me lo indicara, y creyó que éste serviría; de modo que a quedarse quietos todos, que ya empiezo. No hables, Marion; tienes que escucharme. Esto significa que debemos ser buenos los unos con los otros, ser justos y no reñir como hicimos hoy mismo con motivo del cochecito. No es posible que Jack viaje siempre dentro y no hay razón para que se enfurezca porque quiero ir con Frank. Annette debe hacer de caballo algunas veces y no siempre de cochero; Willie ha de comprender que Marion tiene derecho a construirse la casa al lado de la suya, pues lo hará, y no es necesario armar un escándalo por eso. Jamie parece ser un buen chico, pero tendré que sermonearlo si así no resulta. No, Pokey, en la iglesia no se está con el sombrero puesto ni se besa a nadie. Ahora, recuerden todos lo que acabo de decirles, porque soy el capitán y tienen que hacerme caso.

En este momento el Teniente Jack se hizo oír en una expresión de rebeldía:

—Me tiene sin cuidado que seas el capitán; vale más que te cuides y nos digas cómo hiciste para llevarte mi correa, cómo te quedaste con el buñuelo más grande y por que no fuiste justo cuando teníamos el camión.

—Sí, y tú le pegaste a Frank, que yo lo vi —vociferó Willi Snow, moviéndose en su banco.


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