Ocho primos
Ocho primos Siguieron y oyeron la música de nuevo con fuerza, vieron las banderas en alto otra vez, flameando al viento una vez que hubieron pasado el cementerio y vieron cómo la compañía penetraba en una iglesia en ruinas que se hallaba en la unión de tres caminos. Al instante oyeron canto y apresuraron el paso, acercándose sin hacer ruido y mirando por una de las ventanas rotas.
El Capitán Dove se había encaramado en el carcomido púlpito de madera y contemplaba solemnemente sus soldados, los cuales, después de haber dejado las armas en el pórtico, ocuparon lugares en los banquillos y entonaban los himnos dominicales con gran vigor y deleite.
—Oremos —dijo el Capitán Dove con toda la reverencia de un capellán del ejército; y juntó las manos, repitiendo una oración que suponía sabrían todos, una oración excelente, pero no adecuada para la mañana, pues era:
«Permite que ahora me acueste a dormir».
Todos la dijeron con amor y emocionaba ver a las criaturas agachando las cabezas rizadas y musitando las palabras que tan familiares eran a todos ellos. Acudieron lágrimas a los ojos de Rosa mientras miraba y Mac se quitó el sombrero sin darse cuenta, pero al instante volvió a encasquetárselo, como si se avergonzara de demostrar sentimiento.