Ocho primos
Ocho primos Mac y Rosa estaban recogiendo zarzamoras junto al camino cuando acertaron a pasar los soldados sin verlos, ofreciéndoles un espectáculo a la vez cómico y bonito. Un poco más lejos estaba uno de los camposantos familiares tan comunes por aquellos sitios, y al llegar allà el Capitán Fred Dove ordenó que su compañÃa hiciese alto, explicando la razón con estas palabras:
—Eso es un cementerio, y corresponde acallar los tambores y bajar las banderas al pasar, aunque tal vez sea necesario también que nos quitemos los sombreros; me parece más respetable.
—¿No son encantadores los chicos? —dijo Rosa en voz baja, mientras la pequeña tropa reanudaba su marcha con lento redoblar de los tambores ensordecidos, las banderas y espadas bajas y todas las cabezas descubiertas. Todos los rostros estaban serios y las sombras de los árboles jugueteaban en ellos.
—Vamos a seguirlos, a ver que se proponen —dijo Mac, a quien eso de estar sentado en un muro comiendo zarzamoras, por mucho que fuese un lujo, estaba resultando aburrido.