Ocho primos
Ocho primos Concluída esta impresionante ceremonia, el clan rompió filas, y al instante estuvieron invadidos por chicos ambos cuartos. Rosa se refugio presurosa al abrigo de un sillón y allí permaneció sentada, mirando a los invasores y preguntándose si su tía iría a rescatarla.
Como si sobre ellos pesase la obligación de cumplir un deber, aunque algo oprimidos por esa misma razón, cada uno de los chicos se detuvo junto a su sillón al pasar corriendo, formulo una observación breve seguida por una respuesta más breve aún, y se alejo con expresión de alivio.
El primero fue Archie, que se apoyó en el respaldo del sillón y dijo en tono paternal:
—Me alegra que hayas venido, prima, y confío que te resultará muy alegre el hormiguero de las tías.
—Creo que sí.
Mac sacudió la cabeza para quitarse el cabello de los ojos, tropezó en un taburete y preguntó bruscamente:
—¿Has traído libros?
—Cuatro cajones llenos. Están en la biblioteca.
Mac desapareció del cuarto y Esteban, adoptando una postura que ponía bien de relieve su vestimenta, dijo con una sonrisa afable:
—Nos apenó no verte el miércoles pasado. Confío que habrás mejorado del resfrío.