Ocho primos
Ocho primos Apareció una tienda de campaña, y delante de ella, andando a grandes trancos, había un pequeño centinela, el cual, mediante un breve monólogo, informó a los espectadores que los elementos estaban en un terrible estado de confusión, que había andado unas cien millas ese día, y que se moría de sueño. Luego se detuvo, se apoyó en su fusil y empezó a adormecerse, hasta que poco a poco, vencido por el sueño, fue cayendo al suelo. Entró Napoleón con su tricornio, su chaqueta gris, botas altas, manos cruzadas y sonrisa en la boca, avanzando con pasos de melodramático efecto. Freddy Dover siempre se cubría de gloria en este papel, y se llevó las palmas en una actitud napoleónica que provocó estruendosos aplausos; pues el chico de la cabeza grande, los ojos morenos y la frente cuadrada era «el vivo retrato de ese bribón de Bonaparte», según declaró mamá Atkinson.
Planes de largo aliento bullían sin duda en su cerebro poderoso, un cruce de los Alpes, una fogata en Moscú o una pequeña escaramuza en Waterloo, pues marchaba en silencio, majestuoso hasta que, de pronto, un ronquido interrumpió su imperial cavilación. Descubrió al soldado dormido y lo miró iracundo, diciendo:
—¡Ah, ja! ¡Dormido en la guardia! Sufrirá la pena de muerte.