Ocho primos

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Tomó el mosquete y estaba ya por ejecutar sumaria justicia, como es costumbre de todos los emperadores, cuando notó algo en la cara del centinela que pareció impresionarlo. Se entiende que esto ocurriera, pues Jack era un soldadito precioso, con su chacó mal puesto, un bigote negro sobre la boca rosada y aquel aspecto extraño de la cara, que tanto trabajo le costaba mantener seria. Ningún Napoleón del mundo hubiese resistido, y el pequeño corso, por lo visto, no era más que un hombre, pues se aplacó y dijo, con altivo gesto de perdón:

—¡Este valiente ha caído rendido por la fatiga! Lo dejaré dormir y montaré guardia en su lugar.

Dicho esto, se cargó el fusil al hombro el noble guerrero, y anduvo de un lado a otro con majestuoso paso y una dignidad tan grande que los espectadores se sintieron conmovidos. El centinela se despertó al cabo de un rato y, al hacerse cargo de lo sucedido, consideró en el acto que no tenía salvación ninguna. Pero el Emperador le devolvió el arma y, con una sonrisa que traspasó todos los corazones, señalando hacia una roca en la cual acababa de posarse un gallo, dijo:

—Sé valiente, sé alerta, y recuerda que desde aquella pirámide nos miran las generaciones del pasado.

Pronunciadas estas memorables palabras, el guerrero se marchó, dejando al agradecido soldado emocionado, con una mano en la sien y su devoción a toda prueba reflejada en el rostro juvenil.


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