Ocho primos

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Rosa participó del regocijo, procurando que sus palabras o sus gestos no delataran el dolor que sentía en un tobillo. Se excusó de intervenir en los juegos por la tarde, y se quedó sentada junto al tío Alec, el cual experimentó gran satisfacción al tenerla así de compañera. Ella le hizo algunas confidencias, declarando que había jugado con los niños, andando a caballo, haciendo instrucción con la infantería ligera, trepando árboles e incurriendo en otros extremos espantosos que habrían dado motivo para que las tías, de saberlo, hubiesen puesto el grito en el cielo.

—Me tiene completamente sin cuidado lo que puedan decir, tío, siempre que usted no se enoje —le dijo, al tiempo en que trataba de imaginarse el asombro de las tías.

—Está muy bien eso que dices, pero te estás volviendo muy rebelde, y temo que el día menos pensado me desafíes a mí también, y ¿qué será de nosotros entonces?

—No, eso no; ni atreverme siquiera; porque usted es mi tutor, y puede ponerme un chaleco de fuerza si lo desea —contestó Rosa, riéndose a más no poder y acurrucándose coquetamente contra él.


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