Ocho primos

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—Te aseguro, Rosa, que empiezo a sentirme como el hombre que compró un elefante y no supo que hacer con él. Creí que durante muchos años tendría a mi lado una criatura a la cual manejar y con quien distraerme jugando; pero estás creciendo como una jirafa y en cuanto quiera darme cuenta voy a comprender que entre manos tengo una mujer hecha y derecha. ¡Gran aprieto para un tío, que además de tío es un hombre consciente!

La aflicción del doctor Alec tenía algo de cómica, y la conversación llegaba a un punto muerto. Por suerte, su atención fue atraída hacia el pradito, en el cual los niños, como número sensacional para una fiesta de despedida, bailaban una danza de gnomos. En las cabezas se habían puesto faroles de calabaza y saltaban tanto que parecían realmente fuegos artificiales.

Cuando fue a acostarse, Rosa descubrió que su tío no la había olvidado, pues sobre su mesa había una especie de caballete pequeño con dos miniaturas montadas en terciopelo. Reconoció en el acto los retratos; y los contempló emocionada, hasta que de sus ojos brotaron lágrimas que eran a un tiempo dulces y tristes. Los bustos de su padre y su madre habían sido maravillosamente reproducidos de dos retratos descoloridos.

Se arrodilló y rodeó con sus brazos el minúsculo templo, besándolos uno tras de otro y diciendo con voz compungida:


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