Ocho primos

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—He de hacer todo lo posible para que se alegren el día que les toque verme de nuevo.

Tal fue la oración de Rosa el día en que cumplió catorce años.

Dos días después, los Campbell se volvieron en número mayor que a la ida, pues lo acompañaba el doctor Alec y Kitty Comet era conducido señorialmente en un canasto, con una botella de leche, algunos sandwiches muy pequeños y un platito en que beber, así como un trozo de alfombra para que tuviera dónde acostarse en su palacio ambulante, por cuyos bordes asomaba la cabeza con gracia suma.

Hubieron muchos besos y abrazos, saludos con pañuelos y las manos, y últimos adioses, y emprendieron la marcha; pero no habían hecho más que arrancar cuando mamá Atkinson llegó corriendo y amontonó como pudo algunas tortas, acabadas de salir del horno, pues sin duda los pobrecitos se cansarían del pan y manteca en un viaje que debía durar un día entero.

Arrancaron y de nuevo se detuvieron; esta vez eran los chicos de los Snow, exigiendo a gritos los tres gatitos que Pokey se llevaba envueltos en una manta de viaje. Los animalitos fueron rescatados y estaban casi asfixiados los pobres, volviendo a poder de sus dueños legítimos, en medio de las lamentaciones de la secuestradora, quien declaraba que si se los llevaba era porque ellos mismos decidieron no separarse de su hermana Comet.


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