Ocho primos

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Partida número tres y detención número tres, a los gritos de Frank, que llegó corriendo con el cesto de la merienda, del cual se habían olvidado, no obstante que todos acababan de asegurar que lo llevaban consigo.

De aquí en adelante todo anduvo bien, y en el largo viaje se distrajeron mucho con Pokey y la gatita, que jugaban, y por su forma de divertir a los demás cualquiera las hubiese considerado benefactoras públicas.

—Rosa no quiere volver a casa, porque sabe que las tías no la dejarán correr y hacer tantas locuras como ha hecho en Rinconcito Agradable —comentó Mac cuando les faltaba poco para llegar.

—No voy a poder hacer locuras aunque quiera, por lo menos durante un tiempo —contestó Rosa, frunciendo las cejas—; y te diré por qué. Me recalqué un tobillo cuando «Barkis» me echó al suelo y cada vez me siento peor, aunque he hecho todo lo posible por curarme y hacer de forma que nadie se entere, pues temí causar trastornos sin necesidad.

En aquel momento estaba por saltar del carro, y el dolor era tan intenso, que lamentó no fuese a ella a quien el tío transportaba en brazos, en lugar de los paquetes.

Sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurría, descubrió que Mac la conducía en alto, y la depositaba delicadamente en el sofá de la sala, sin que hubiese rozado el suelo para nada.


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