Ocho primos

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Annabel pinchó y la víctima soportó el dolor con heroico silencio, aunque se puso pálida y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Muy bien! Ahora no dejes de estirar los trocitos de seda con frecuencia, y pon coldcream en las orejas cada noche, así no tardarás en poder colocarte los pendientes —dijo Annabel, muy complacida de su trabajo, pues la chica que hablaba francés con buena pronunciación estaba tirada en el sofá, tan exhausta como si le hubiesen arrancado ambas orejas.

—Duele espantosamente y sé que a mi tío no le va a gustar —suspiró Rosa, que empezaba a sentir remordimientos—. Prométeme no decir nada, porque de lo contrario todo el mundo se reirá de mí y voy a sentir mucha vergüenza.

Diciendo esto, Rosa se había olvidado por completo de los dos cantaritos con ojos, que desde un rincón estaban observando toda aquella operación.

—Nunca. ¡Dios mío! ¿Qué es eso? —preguntó Annabel, sobresaltada por el ruido repentino de pasos y de voces que llegaba de la planta baja.

—Son los chicos. Esconde la aguja. ¿Se me ve? No digas una sola palabra —murmuró Rosa, apresurándose por ocultar todas las trazas de la iniquidad cometida.


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