Ocho primos

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—Le preguntó si no me haría bien a los ojos, cuando los tuve irritados, pero se rió de mí. Sin embargo, la gente se cura los ojos de ese modo, ¿no es verdad?

—Claro que sí. Y ahora mismo tienes la vista un poco irritada. A ver, a ver. Sí, sería necesario que te dieses prisa, antes que te sientas peor —dijo Annabel, mirando atentamente el ojo grande y claro que Rosa le ofrecía a su inspección.

—¿Duele mucho? —preguntó Rosa, indecisa.

—¡No, querida! ¿Que ha de doler? Es un pinchazo y un tironcito, y ya está. Yo he agujereado muchas orejas y sé cómo se hace. Vamos, recoge el cabello y tráeme una aguja.

—No me gusta hacer estas cosas sin permiso de mi tío —dijo desfalleciente Rosa; pero todo estaba listo para la operación.

—¿Te lo ha prohibido? —inquirió Annabel, inclinada sobre su presa igual que un vampiro.

—No, jamás.

—En ese caso, no te preocupes de nada.

Estas últimas palabras fueron acompañadas por el final de los preparativos; Rosa cerró los ojos y dijo «¡Pincha!» con el mismo tono de quien dice «¡Fuego!».


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