Ocho primos
Ocho primos Rosa «bajó del caballo» con una rapidez que tenía mucho de cómico, pues ahora Annabel había tomado la delantera. Adoraba Rosa los adornos bonitos y se perecía por llevarlos; el mayor anhelo de su espíritu infantil fue que le taladrasen las orejas, pero el tío Alec aseguraba que era una tontería y nunca logró satisfacer su deseo. Con gusto habría cambiado todo el francés que era capaz de hablar por un par de campanitas doradas, con badajos rematados en perlas, como esas que lucía Annabel; y, juntando las manos, le contestó en una voz que se coló de rondón en el corazón de su interlocutora:
—¡Son realmente divinos! Si mi tío me lo permitiese, me gustaría muchísimo llevar pendientes.
—Yo no haría caso de lo que dice el tío. Al principio, mi papá se echó a reír, pero ahora le gustan y dice que cuando cumpla los dieciocho usaré solitarios de brillantes.
—Tengo un par que fueron de mamá, y otro muy bonito de perlas y turquesas, que me muero por usar —confesó Rosa suspirando.
—Entonces, no temas nada. Yo te agujerearé las orejas; pero debes ponerte un pedazo de seda hasta que se curen. Con los rizos, quedarán tapadas, y así un día, cuando te pongas los más pequeños, ya me dirás si a tu tío le gustan o no.