Ocho primos
Ocho primos —Dentro de un año o dos voy a viajar con mi tío, y él sabe qué importante es entender idiomas extranjeros. La mitad de las chicas que salen de las escuelas son incapaces de hablar el francés decentemente y cuando van a Francia se encuentran perdidas. Estaría conforme en ayudarte, si lo deseases, pues se de sobra que tú no tienes nadie con quien hablar.
Annabel, aun cuando parecía una muñeca de cera, tenía sentimientos en vez de aserrín, y estos sentimientos sufrieron a raíz del tono altanero con que Rosa dijo esas palabras. La consideró más orgullosa que nunca, pero no se le ocurría ninguna forma de humillarla, aunque lo deseaba con toda su alma, pues experimentaba la misma sensación que si le hubiesen abofeteado la cara e involuntariamente se llevó una mano a la oreja. El contacto de su pendiente le sugirió una idea, y comprendió que había una manera de devolver la pulla.
—Gracias, querida; no necesito ayuda ninguna, porque nuestro maestro es de París, y por supuesto, habla el francés mejor que tu tío. —Después de esto añadió, con un gesto que hizo tintinear las campanitas que pendían de sus orejas—. ¿Qué tal te parecen mis nuevos pendientes? Papá me los regaló la semana pasada, y todos dicen que son muy bonitos.