Ocho primos
Ocho primos Ahora bien, Annabel Bliss estaba convencida de que Rosa era una «gatita orgullosa», pero muchas otras chicas querían ser amigas suyas y no tenían manera de conseguirlo, la vieja casa era un sitio agradable de ver, los muchachos gozaban fama de excelentes, y los Campbell, como decía la mamá de Annabel, «constituían una de las mejores familias del lugar». Annabel disimuló su humillación ante la frialdad con que la trataba Rosa, y cambió de tema en cuanto pudo hacerlo.
—Veo que estás estudiando francés. ¿Quién es tu maestro? —le preguntó, repasando las hojas del ejemplar de Pablo y Virginia que estaba en la mesa.
—No estudio francés, por cuanto lo veo igual que si fuese inglés, y mi tío y yo hablamos en ese idioma horas seguidas. Lo habla como si hubiese nacido en Francia y dice que tengo muy buena pronunciación.
Rosa no pudo evitar esta pequeña demostración de superioridad, pues el francés era uno de sus puntos fuertes y se sentía halagada, aunque a menudo ocultaba esta debilidad. Tuvo la sensación de que Annabel se serenaría un poco después de aquel exabrupto, y no pudo resistir la tentación de empequeñecerla un poco.
—¿De veras? —dijo la señorita Bliss, un poco atontada, pues el francés no era ni remotamente uno de sus fuertes.