Ocho primos
Ocho primos —Tengo a mis primos —dijo Rosa con mucha dignidad, pues la actitud protectora de su visitante la indignaba un poco.
—¡Oh, hija mÃa! Supongo que no serás amiga de esos niños traviesos. Mamá dice que no está bien que te des tanto con ellos.
—Son como hermanos y a mis tÃas les parece muy bien —replicó Rosa, con cierta aspereza, pues no entendÃa que Annabel tuviera que meterse en esas cosas.
—He pensado que me gustarÃa tenerte de amiga, porque Hatty Mason y yo hemos reñido y no nos hablamos. Es demasiado mala y he desistido de tratarla. ImagÃnate que no me devolvió nunca un caramelo que le di, y no tuvo la delicadeza de invitarme a su fiesta. Lo del caramelo no tiene mayor importancia, pero que me deje de lado en esa forma desconsiderada es cosa que no estoy dispuesta a tolerar, y le dije que mientras viva no vuelva a mirarme a la cara.
—Eres muy buena, pero no necesito ninguna amiguita Ãntima. Por supuesto, te agradezco la intención —dijo Rosa, mientras Annabel movÃa la cabeza, como recriminando a la incorregible Hatty Mason.