Ocho primos
Ocho primos Hallábase la niña distraída en su pequeño quehacer una mañana de octubre, muy cómoda en su sofá en el salón del piso alto, y Jamie y Pokey, que fueron conducidos allí con el fin de que la distrajeran, jugaban a las casitas en un rincón, haciendo de hijos Cometa y la muñeca vieja de Rosa.
De pronto apareció Febe con una tarjeta. Rosa la leyó, hizo una mueca de disgusto y dijo, riendo:
—Atenderé a la señorita Bliss —y en el acto cambió de cara, adoptando una expresión social mientras estiraba el dije para que viese bien y se arreglaba los rizos del cabello.
—¡Oh, querida mía! ¿Cómo estás? He querido pasar a verte desde que volviste, pero tengo tantos compromisos que hasta ahora no he podido. Me alegra encontrarte sola, pues mamá me dijo que podía quedarme aquí un rato y he traído mi labor de encaje para enseñártela, segura de que ha de parecerte preciosa —exclamó la señorita Bliss, saludando a Rosa con un beso que no fue devuelto muy efusivamente, aunque Rosa le dio las gracias cortésmente por haberla visitado y pidió a Febe que preparase un silloncito.
—¡Qué gran cosa es tener una criada! —dijo Annabel, mientras se arrellanaba en el sillón—. Sin embargo, querida, supongo que te sientes muy sola y has de echar de menos la presencia de un pecho amigo.