Ocho primos

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—Entonces conduciré a esta dama abajo, para que tome el té, ya que la otra tiene un galante caballero que la acompaña a su casa. Veo que las luces están encendidas en el otro piso, y el olor que llega hasta mí es indicación de que la tía ha preparado algo rico.

Mientras hablaba, el doctor Alec se preparó para transportar a Rosa hasta la planta baja, como, de costumbre; pero Archie y el Príncipe se acercaron presurosos, impacientes por tener el honor de conducirla en un sillón. Rosa consintió por miedo a que la vista sagaz de su tío descubriera los trocitos de seda fatal; y los chicos cruzaron sus manos, bajándola como en un trono, mientras los otros la seguían haciendo de barandas pasamanos.

El té fue servido más temprano que de costumbre, con lo cual Jamie y su compañerita pudieron divertirse más que otras veces, ya que se les permitió estar de pie hasta las siete y les fueron concedidas doce castañas asadas a cada uno, con la condición de no comerlas hasta el día siguiente.

Se despachó el té con toda rapidez, y al instante se reunieron todos en torno al brasero del comedor, donde las castañas danzaban alegremente al asarse en las palas y saltaban fuera del fuego, haciendo las delicias de los pequeños, que más de una vez se asustaron.


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