Ocho primos
Ocho primos —Vamos, Rosa, cuéntanos un cuero mientras trabajamos —propuso Mac, que estaba dentado a la sentado pelando castañas y sabÃa por experiencia que su prima era una excelente Scheherazada—. Ya que no puedes ayudarnos, tienes que contribuir de algún modo.
—SÃ, está feo que nosotros hagamos de monos y nos quememos las patas sin alguna recompensa. Vamos, vamos —dijo ahora Charlie, mientras le tiraba en la falda unas cuantas castañas calientes, después de lo cual se sopló los dedos y los sacudió.
—Bien, da la casualidad de que recuerdo un cuentito con moraleja, y voy a contarlo —contesto Rosa, encantada como siempre de poder relatar cosas instructivas.
—¡Adelante! —gritó Geordie, mientras la chica se disponÃa a obedecer, sin imaginarse ni remotamente todo lo desastroso que resultarÃa el cuento, para ella misma.
—Pues bien, érase una vez una niñita que fue a ver a una señora que la querÃa mucho. La señora era coja, y todos los dÃas tenÃan que vendarle un pie, de modo, que tenÃa un cesto lleno de vendas, todas enrolladas y listas para el uso. A la niñita le gustaba jugar con este cesto y un dÃa, creyendo que nadie la veÃa, tomó uno de los rollos sin pedir permiso y se lo guardó en un bolsillo.