Ocho primos

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En este momento, Pokey, que estaba mirando amorosamente las cinco castañas calientes que tenía escondidas en el fondo de su bolsillito, levantó de pronto la mirada y dijo «¡Oh!» con cierto dejo de asombro, como si repentinamente le hubiese parecido interesante el cuento.

Rosa lo oyó y adivinó en el acto la picardía de la pequeña pecadora, y mientras los niños, divertidos con la broma, se tocaban y guiñaban los ojos entre sí, siguió con mucha pomposidad.

—Pero un ojo misterioso vio a la niña mala, ¿y de quién era ese ojo?

—El ojo de Dios —murmuro la atormentada Pokey, tapándose la cara con dos manecillas regordetas, cuyo tamaño no permitía ocultarla del todo.

Rosa quedó un tanto sorprendida por esta respuesta, pero, segura del efecto que estaba logrando, prosiguió muy seria:




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