Ocho primos
Ocho primos —SÃ, Dios la vio, y la vio también la señora, pero no dijo nada; esperó a ver que hacÃa la nena. La nena habÃa estado muy contenta hasta que se apoderó de la venda, pero desde el momento en que la tuvo en su bolsillo empezaron sus sufrimientos, y no tardó en dejar de jugar y pasar todo el tiempo sentada en un rincón, con cara muy triste. Pensó un poco, y fue lentamente a poner la venda en su sitio, después de lo cual volvió a ser la niña dichosa de siempre. La señora se alegró mucho de ver esto, y se preguntó quién habÃa inducido a la nena a hacer eso.
—La conciencia —murmuró una voz contrita, detrás de las manos que ocultaban a medias la carita de Pokey.
—¿Y por qué se imaginan ustedes que tomo la venda? —preguntó Rosa remedando el énfasis de una maestra de escuela, convencida de que sus oyentes estaban muy interesados en el cuento y en sus derivaciones inesperadas.
—Porque era tan linda y estaba tan bien envuelta, que le gustó mucho —contestó la vocecita.
—Muy bien; es hermoso tener una conciencia tan despierta. La moraleja es que los que se apropian de lo que no les pertenece no son dichosos hasta que lo reponen en su lugar. ¿Y por qué esconde la cara la niñita?