Ocho primos
Ocho primos —Porque está avergonzada —dijo entre sollozos la pequeña culpable, presa de enorme remordimiento y confusión al verse descubierta de ese modo.
—Vamos, Rosa, está mal delatar a los chicos delante de todo el mundo y corregirlos de ese modo; a ti misma no te gustarÃa —empezó a decir el doctor Alec, poniéndose a la nena en las rodillas y consolándola mediante besos y castañas.
Antes de que Rosa pudiera expresar su pesar, Jamie, que se estuvo poniendo muy rojo y arrebatado como un pavo durante varios minutos, se volvió indignado, decidido a vengar el agravio inferido a su compañerita.
—Yo sé una cosa que tú has hecho, y voy a contarla ahora mismo. Te crees que no te veÃamos, pero estás equivocada, y dijiste que al tÃo no le gustarÃa y que los chicos se iban a reÃr. Por eso le hiciste jurar a Annabel que no dirÃa una palabra cuando te hizo agujeros en las orejas para ponerte los pendientes. Eso es mucho más grave que tomar un pedazo de trapo, y no deberÃas haber hecho que Pokey llorase.
La explosión un tanto incoherente de Jamie produjo tal efecto que inmediatamente quedó olvidado el pequeño pecado de Pokey y Rosa comprendió que le tocaba el turno.