Ocho primos

Ocho primos

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—¡Qué! ¡qué! ¡qué! —exclamaron los niños a coro, dejando las palas y cuchillos para reunirse en torno de Rosa, la cual se delató al llevarse rápidamente las manos a las orejas y decir en voz casi imperceptible: «Me indujo Annabel», escondiendo la cabeza en las almohadas como una pequeña avestruz absurda.

—Ahora se colgará de las orejas, jaulas, canastos, carros y cerdos, como todas las chicas, y entonces sí que dará gusto verla —dijo uno de sus atormentadores, retorciendo uno de los rizos que salía de las almohadas.

—Yo no creí que sería tan tonta —opinó Mac, con tono tal de desaprobación, que Rosa pensó horrorizada en lo poco que ahora representaba para su sabio primo.

—Esa muchacha de los Bliss es una calamidad, y deberían prohibirle que entrase en esta casa a traer sus ideas tontas —opinó el Príncipe, deseoso de poder echar a la muchacha antipática como se echa a un perro de los sitios en que hay gatitos.

—¡Que le parece, tío? —preguntó Archie, convencido, como mayor que era, de que convenía mantener la disciplina a toda costa.


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