Ocho primos

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—Estoy muy extrañado; pero debemos entender que después de todo es mujer y tiene sus pequeñas vanidades, como cualquiera —manifestó el doctor Alec suspirando, pues en el fondo le dolía que Rosa no fuese una especie de ángel ajena a todas las tentaciones terrenales.

—¿Y que debemos hacer? —inquirió Geordie, preguntándose que castigo podía aplicarse a una culpable del sexo contrario.

—Como es tan amiga de adornos, tal vez sería buena idea ponerle una anilla en las narices también. Recuerdo que en las Islas Fiji vi una belleza femenina que llevaba una cosa así. Voy a buscar algo —y dejando Pokey al cuidado de Jamie, el doctor Alec se levantó como si estuviese por llevar a cabo en serio lo que acababa de insinuar.

—¡Bueno, bueno! Hagámoslo ahora mismo. Aquí tenemos una barrena, de modo que ustedes me ayudan y la sostienen, yo le prepararé la nariz —gritó Charlie, separando las almohadas, mientras los ochos chicos daban vuelta alrededor del sofá en todo el verdadero estilo de las Islas Fiji.

Fue un momento de angustia, pues Rosa no tenía modo de huir, y lo único que hizo fue apretarse la nariz con una mano y alargar la otra, gritando afligida:

—¡Tío! ¡Sálveme, por favor!


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