Ocho primos

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—Le hablaré primero y le permitiremos ponerse de acuerdo con Debby, pues debes saber que la cocina es una de las cosas principales.

—En efecto. No tengo inconveniente ninguno; me gusta ocuparme de comidas, y en casa hice la prueba, sólo que no tuve quien me indicase nada y lo único que hice fue estropear los delantales. Las tortas divierten mucho, pero Debby se enoja tanto, que sospecho que nunca me permitirá hacer nada en la cocina.

—Si así es cocinaremos en la sala. Sospecho que la tía Abundancia le arrancará el consentimiento, no te preocupes. Pero una cosa quiero anticiparte, y es que prefiero verte haciendo buen pan que las mejores tortas al horno que puedan imaginarse. Cuando me traigas un pan sano y bien cocido, que hayas hecho tú sola, estaré más satisfecho que si me ofrecieses un par de zapatillas bordadas en el estilo más moderno. No quiero sobornarte, pero te daré mi beso más cordial y prometo comer hasta la última miga.

—¡Trato hecho! Vamos a contarle a la tía, porque estoy impaciente por empezar —exclamó Rosa, bailando delante del tío mientras lo conducía hacia la sala, en la cual la tía Abundancia estaba sentada sola y tejiendo muy satisfecha, pero alerta a cualquier llamada de auxilio que pudiese llegarle de un sitio u otro.


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