Ocho primos

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—En el buen estilo antiguo tiene una excelente preparación —dijo el tío, como si hubiese oído lo que Rosa pensaba—, y desde que tengo uso de razón recuerdo que gracias a ella esta casa ha sido un hogar dichoso para todos nosotros. No es elegante, pero sí buena de veras, y tan amada y respetada que cuando su lugar quede vacío habrá duelo universal. Nadie podrá ocupar ese sitio, pues las virtudes sólidas y domésticas de la buena tía habrán pasado de moda, como digo, y lo nuevo no puede ser la mitad de satisfactorio, por lo menos para mí.

—Me gustaría que la gente pensase lo mismo de mí. ¿Podrá enseñarme a hacer todo lo que hace ella y a ser igual de necesaria? —preguntó Rosa, un poco arrepentida de haber pensado que la tía Abundancia pudiese ser una mujer vulgar.

—Sí, siempre que no sientas desprecio por una enseñanza tan sencilla como la que ella puede impartir. Sé que para ella no habría en el mundo una alegría mayor ni un placer más subido que el ver que alguien se interesa por aprender de ella, pues piensa que sus días han pasado ya. Que te enseñe a ser lo que ella ha sido, una mujer de su casa, hábil, alegre y frugal, constructora y cuidadora de un hogar venturoso, y algún día reconocerás cuán útiles son esas lecciones.

—Lo haré, tío. ¿Cuándo empiezo?


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