Ocho primos
Ocho primos —Se trata de los quehaceres domésticos —contestó el doctor Alec.
—¿Y eso es una cualidad importante? —inquirió Rosa, sintiendo un gran desánimo, pues habÃa empezado a soñar vagamente en toda suerte de cosas raras.
—SÃ; es una de las artes más bellas y más útiles que las mujeres pueden aprender. No es tan romántica quizá como el canto, la pintura, la escritura y aun la misma enseñanza; pero hace del hogar el sitio más interesante, dichoso y placentero del mundo. SÃ, está bien que abras mucho los ojos; pero es el hecho que antes prefiero verte convertida en una buena ama de casa que en la atracción más vistosa de toda la ciudad. Esto no tiene por que entorpecer ninguna otra cualidad que tú poseas; pero es una parte necesaria de tu instrucción, y confÃo que pondrás manos a la obra sin tardanza, ahora que ya estás bien y eres fuerte.
—¿Y quién es la señora de que habló? —preguntó Rosa, bastante impresionada por el discurso de su tÃo.
—La tÃa Abundancia.
—¿Es maestra en esa rama? —iba a decir Rosa un tanto sorprendida, pues era precisamente ésa, entre todas sus tÃas, la que menos preparada le pareció siempre; pero de pronto se contuvo.