Ocho primos

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—Estoy enteramente de acuerdo con las señoras y me satisfará mucho ayudarte a tomar una determinación, si es que puedo —dijo el doctor muy serio—. ¿Hacia que te inclinas? Una aptitud o un talento natural es de gran valor al decidirse.

—No tengo talento especial ninguno, ni una predilección que se destaque netamente y por eso no he pensado nada, tío. Me parece que lo mejor sería elegir una ocupación muy útil y aprenderla, porque esto no lo hago por placer, ¿sabe?, sino como parte de mi educación y a fin de estar preparada por si algún día fuese pobre —contestó Rosa, poniendo la misma carita que si realmente ansiase un poco de pobreza, para que su cualidad útil tuviese ocasión de ser puesta en ejercicio.

—Muy bien, hay una condición femenina, necesaria y excelente de la cual no debe carecer ninguna mujer, porque es útil tanto a pobres como a ricos y sirve de auxilio a las familias que dependen de ella. Esta rara habilidad anda muy descuidada hoy en día y se la considera anticuada, lo cual es gran error, y ese error no quiero que se repita en la educación de mi sobrina. Debe ser parte de la cultura de todas las chicas, y sé de una gran señora que no tendrá inconveniente en enseñártelo en la forma mejor y más agradable.

—¿De que se trata? —inquirió Rosa con gran vehemencia, encantada con la perspectiva de que resultara tan fácil y grato adquirir la habilidad en cuestión.


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