Ocho primos

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—No hay nada más que decir; tío, salvo que puse mi mayor empeño, me ocupe con toda atención, y no le quité la vista de encima mientras estaba en el horno. Esta vez todo salió bien, y ha resultado un pan de buen aspecto, como puede apreciar. Pruébelo, y dígame si tiene tan buen gusto como cara.

—¿Es necesario que lo corte? ¿No podría ponerlo bajo vidrio y guardarlo en la sala, como se guardan las flores de cera?

—¡Vaya una ocurrencia! Se fermentaría y echaría a perder. Además, todos se reirían de nosotros y tomarían a broma mis esfuerzos. Me ha prometido comerlo y tiene que cumplir; no todo en el acto, sino a medida que pueda. Ya le haré más.

El doctor Alec cortó solemnemente una tajada de corteza, que era lo que más le gustaba, y la comió con igual solemnidad. Luego se limpió los labios, y echando hacia atrás los cabellos de Rosa, la besó solemnemente en la frente, diciendo al mismo tiempo:

—Querida, este pan es perfecto y tu maestra puede estar bien orgullosa. Cuando tengamos nuestra escuela modelo, ofreceré un premio al mejor pan, y de seguro tú lo ganarás.

—Ya lo he ganado, y estoy bastante satisfecha — contestó la niña, deslizándose de su asiento y procurando ocultar una quemadura que tenía en la mano derecha.


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