Ocho primos

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Pero el doctor Alec la vio, adivinó el origen, y después del té insistió en calmarle el dolor que la niña no quería confesar.

—Dice la tía Clara que estoy echándome a perder las manos, pero no me importa, pues he disfrutado mucho con las lecciones de la tía Abundancia y creo que a ella le ocurre lo mismo. Sólo una cosa me preocupa, tío, y quiero consultarlo —dijo Rosa, mientras paseaban por el vestíbulo a la luz del crepúsculo, la mano vendada apoyada cuidadosamente en un brazo del doctor Alec.

—¿Más confidencias? Me gustan muchísimo, de modo que habla sin reservas.

—Pues bien, tengo la sensación de que la tía Paz quisiera hacer algo por mí, y creo haber descubierto que puede hacer. Como usted sabe, no puede andar de un lado a otro igual que la tía Abundancia, y estamos tan ocupados que, naturalmente, se siente sola. De modo que he pensado que me dé lecciones de costura. Trabaja muy bien, y es cosa muy útil; puedo ser tan hábil en cuestiones de aguja como en el cuidado general de una casa, ¿no le parece?



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