Ocho primos

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—¡Bendito sea tu corazoncito! Eso es precisamente lo que estuve pensando el otro día cuando la tía Paz dijo que te veía muy poco porque estabas tan atareada. Quise hablar de este asunto, pero se me ocurrió que ya tenías bastante ocupación. Tengo la convicción de que la buena señora estaría encantada si pudiese enseñarte labores primorosas, en especial ojales, que es asunto en el cual fallan la mayoría de las señoritas; por lo menos, he oído decir que así es. De modo que prepárate a tomar en serio los ojales; lléname de ojales la ropa, si te parece. Aguanto cualquier cantidad.

Este curioso ofrecimiento hizo reír a Rosa, pero prometió prestar la debida atención a rama de tanta importancia, aunque confesó que el zurcido era su punto débil. Después de lo cual el tío Alec se preocupó de proporcionarle medias en los más variados estados de uso y rotura, y buscar en el acto un par nuevo, para que le reforzase el talón, tanto como para empezar como para empezar por algo.

Luego fueron a presentar su proposición debidamente, con gran satisfacción de la dulce tía Paz, que se emocionó pensando en todo lo que se divertiría, y mientras tanto empezó a buscar hilos y agujas para su sobrina y a prepararle un canastito con las cosas necesarias.


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