Ocho primos

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Los días de Rosa fueron muy activos y alegres, pues le mañana ayudaba a la tía Abundancia y se ocupaba de ordenar los armarios y alacenas, de hacer pickles y conservas en la cocina, de ver que todo en la casa estuviese bien y de aprender, en el buen estilo antiguo, todo lo atinente a quehaceres domésticos.

Por las tardes, después de un paseo a pie o a caballo, se sentaba a hacer labores con la tía Paz, mientras la tía Abundancia, que empezaba a tener la vista débil, tejía y charlaba alegremente, contando agradables historias de los tiempos viejos, hasta que las tres lloraban o reían juntas, pues las agujas inquietas entrelazaban y unían sus vidas en toda suerte de caprichosos diseños, aun cuando aparentemente no hiciesen otra cosa que dar puntadas o zurcir remiendos.

Era un espectáculo hermoso el de la niña de carrillos rosados en medio de las dos ancianas, escuchando con atención sus indicaciones, y animando las lecciones con su charla vivaz y su risa gozosa. Si la cocina resultó interesante al doctor Alec cuando Rosa trabajaba en ella, el cuarto de costura no fue menos irresistible y se esforzó por hacerse grato, a tal punto que ninguna de las tres fue capaz de echarlo, en especial cuando les leía en voz alta o les contaba chascarrillos.


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