Ocho primos

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—¡Muy bien! Acabo de hacer un juego nuevo de gorritos de noche, muy abrigados, con cuatro ojales en cada uno —dijo Rosa un día, varias semanas después de iniciar las lecciones—. A ver si están bien.

—Todo excelente; y veo que los ojales están reforzados y no se estropearán cuando desabroche los botones. Es un trabajo superior, y quedo reconocidísimo; tanto es así, que pienso coserme los botones yo mismo, para que esos deditos cansados no se vean expuestos a más pinchazos.

—¿Coserlos usted? —preguntó Rosa, abriendo los ojos muy extrañada.

—Espera que tenga listos mis avíos de costura, y entonces me dirás si no sé hacerlo.

—¿Sabe de veras? —preguntó Rosa a la tía Paz, mientras el tío Alec se alejaba con un cómico aire de importancia.

—Claro que sí. Le enseñé hace muchos años, antes que se embarcara; y supongo que ha tenido que hacerse muchas cositas desde entonces, y no ha dejado de practicar.

Era evidente que así sucedía, pues tardó muy poco en volver con una curiosa bolsita, de la cual sacó un dedal y después de enhebrar su aguja, se puso a coser los botones con tanta maña, que Rosa se impresionó y divirtió mucho.


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