Ocho primos
Ocho primos —¿Y que hacéis tú y Will? —preguntó Rosa a Jamie, que estaba sentado al lado suyo como si tratase de no perderla de vista hasta que le fuese entregado el obsequio prometido.
—Yo soy un pajecillo y hago mandados; Will y Geordie son la tropa cuando marchamos, los ciervos cuando vamos de caza y los traidores cuando tenemos ganas de cortar cabezas.
—Son muy obsequiosos, sin duda —dijo Rosa, y al oÃr este piropo los comodines sonrieron con modesto orgullo y resolvieron hacer de Wallace y Montrose apenas pudieran, en honor de su prima.
—Vamos a jugar a la mancha —gritó el prÃncipe, balanceándose en una de las varas, y aplicándole a Esteban una palmada resonante en la espalda.
Sin cuidarse de sus guantes, Dandy lo imitó y los demás se lanzaron en todas direcciones, como si se tratase de romperse los pescuezos y dislocarse las rodillas cuanto antes.
Fue un espectáculo nuevo y sorprendente para Rosa, acabada de salir de una escuela de internos, y contempló a los chicos inquietos con suspenso interés, pensando que sus locuras eran muy superiores a las de Mops, el pobrecito mono muerto.