Ocho primos

Ocho primos

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Will acababa de cubrirse de gloria, a raíz de haberse deslizado desde un pajar con la cabeza abajo y sin hacerse daño, cuando Febe apareció con capa, caperuza y zapatos de goma, trayendo de parte de la tía Abundancia un mensaje según el cual Rosa tenía que presentarse en seguida.

—Muy bien; nosotros la llevaremos —dijo Archie, emitiendo cierta orden misteriosa, obedecida con tanta presteza que, antes de que Rosa pudiera salir del coche, los chicos se habían apoderado de la vara y la sacaron con gran estruendo del granero, y describiendo un rodeo hasta conducirla a la puerta delantera, con tanta algazara que dos bonetes asomaron a una ventana superior y Debby exclamó en voz alta desde el porche:

—Esos chicos atolondrados van a matar a esa pobre criatura delicada.

Pero la pobre criatura delicada parecía divertidísima con su viaje, y corrió escaleras arriba rosada y despeinada, siendo recibida con lamentaciones por la tía Abundancia, que le ordenó acostarse inmediatamente.

—¡Por favor, no haga eso! —clamaron los niños—. Hemos venido a tomar el té con nuestra primita y si nos deja estar aquí prometemos portarnos como santitos.


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