Ocho primos
Ocho primos —Bueno, queridos, está bien; pero no hagan ruido. Dejen que Rosa vaya a tomar el tónico y arreglarse un poco, y luego veremos si encontramos algo que comer —dijo la anciana, mientras se alejaba al pasito, seguida por una andanada de pedidos motivados por el festÃn inminente.
—Mermelada para mÃ, tÃa.
—Mucha torta, por favor.
—DÃgale a Debby que saque las manzanas asadas.
—Yo quiero pastel de limón.
—Para mà frituras; a Rosa le van a parecer excelentes.
—No olvide que lo que más me gusta son las torrejas.
Cuando bajó Rosa quince minutos más tarde, con el cabello bien peinado y un delantalcito muy festoneado, encontró a los niños en el salón grande, y se detuvo en mitad de la escalera para verlos bien, pues hasta ese momento no habÃa examinado sus nuevos parientes.
Todos acusaban un fuerte parecido de familia, aunque algunas cabezas rubias eran más oscuras que otras, algunas mejillas morenas en vez de rosadas y las edades variaban desde los dieciséis de Archie a los seis de Jamie. Ninguno de ellos era especialmente bonito, salvo el PrÃncipe, pero a todos se los veÃa sanos y contentos, y Rosa llegó a la conclusión de que, después de —todo, los chicos no eran tan temibles como supuso.