Ocho primos

Ocho primos

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Todos ellos estaban ocupados en algo tan característico, que no pudo menos de sonreír. Archie y Charlie, evidentemente, grandes compinches, caminaban de un extremo a otro, hombro contra hombro, silbando «Bonnie Dundee»; Mac leía en un rincón, con el libro muy cerca de los ojos, pues era corto de vista; Dandy se arreglaba el cabello frente al espejo ovalado del perchero; Geordie y Will investigaban los secretos internos del reloj de pie; y Jamie estaba tirado en el suelo, al pie de la escalera, golpeando los talones en el felpudo y decidido a exigir sus dulces apenas reapareciese Rosa.

La chica adivinó su intención, y le tapó la boca dejándole caer un puñado de ciruelas azucaradas.

Al oír su grito de gozo, los demás chicos levantaron las miradas y sonrieron involuntariamente, pues la pequeña pariente estaba allí erguida como una visión, con sus ojos dulces y tímidos, su cabello reluciente y su cara sonrosada. El vestido negro les recordó su duelo, y los corazones de los chicos se sintieron invadidos por el unánime anhelo de «ser buenitos» con la prima que no tenía más hogar que ése.

—Ahí la tenéis, tan hermosa como la que más —dijo Esteban, enviándole un beso con la mano.

—Vamos, señorita; el té está listo —dijo el Príncipe.


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