Ocho primos
Ocho primos —Mis hijos no son lustradores de calzado ni diarieros y me opongo a que hablen como acaban de hacerlo. Mas aún, no veo que utilidad pueden prestar esos libros si no se escriben de otro modo muy distinto. Se me ocurre que no han de servir para pulir a los bribonzuelos que los lean, y tenga la convicción de que no pueden hacer bien ninguno a los chicos más educados, los cuales a través de estos libros van conociendo comisarÃas de policÃa, antros de falsificadores, garitos, tabernas y todas las manifestaciones del hampa.
—Algunos son muy derechos, mamá; se embarcan y estudian la vida, y mientras navegan por el mundo pasan grandes peripecias.
—He leÃdo varios de ésos, Geordie, y aunque son mejores que los otros, tampoco estoy satisfecha con esas desilusiones ópticas, como yo las llamo. Y, si no, dÃganme una cosa. ¿Es natural que chicos de quince a dieciocho años comanden buques, derroten piratas, burlen contrabandistas, cubriéndose de gloria en forma tal que el Almirante Farragut los invite a comer y les diga: