Ocho primos
Ocho primos Un sombrero alto de terciopelo, audazmente vuelto hacia arriba en el frente, con un ramo de rosas rosadas y una pluma que ondeaba al viento, estaba inclinado sobre una oreja, con los rizos unidos en rodete en la nuca; de este modo, la cabeza de Rosa parecÃa más la de un intrépido caballero de capa y espada que la de una niña sencilla. Botas de tacón alto muy tiradas hacia adelante, un pequeño manguito que le trababa ambos brazos y un velo moteado tan prieto que las pestañas tropezaban en los hilos agregaban a su aspecto la nota final del absurdo.
—Ahora se parece a todas las demás chicas, y me gusta verla asà —dijo la señora Clara visiblemente satisfecha.
—De este modo es una señorita más elegante, pero echo de menos a mi pequeña Rosa, tal vez porque en mis tiempos las niñas se vestÃan como niñas —contestó la tÃa Abundancia, mirando a través de los anteojos con expresión conturbada, pues no podÃa creer que aquella persona que tenÃa delante suyo se hubiera sentado alguna vez en su regazo o hubiese alegrado la casa con su presencia.