Ocho primos
Ocho primos —Las cosas han cambiado desde tu época, tÃa —dijo la señora Clara, decidida a toda costa a ensalzar su obra—; y nadie se acostumbra a lo nuevo, de golpe y porrazo. Pero a ti, Jessie, es seguro que te gusta este traje más que esas cosas zafias que Rosa ha llevado este verano.
—Bueno, querida, si he de ser sincera, me parece espantoso —contestó la señora Jessie con una candidez que dio motivo a que Rosa se volviese asustada.
Rosa se sonrojo hasta el ala del sombrero y tuvo la sensación de que estaba haciendo un papel muy deslucido; mientras tanto la señora Clara se apresuraba a explicar.
—Por supuesto, Alec, no espero que te agrade, pero tampoco te considero buen juez en cuestión de ropas de mujer. Por esa misma razón me he tomado la libertad de buscar algo elegante para Rosa. No es necesario que se lo ponga, si tú te opones, pues no olvido que según nuestro pacto durante un año puedes hacer de ella todo cuanto se te antoje.
—Es un vestido de calle, ¿verdad? —preguntó suavemente el doctor—. ¿Sabes una cosa? En la vida se me hubiese ocurrido que este ideado para tiempo de invierno y movimientos rápidos. Date vuelta, Rosa; quiero admirar todas sus bellezas y ventajas.