Ocho primos

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Rosa intentó caminar con su paso desenvuelto de costumbre, pero la falda baja se le enredó, la alta la apretaba demasiado y no le permitía separar bien las piernas y las botas le impedían mantenerse erguida.

—No me he acostumbrado aún —dijo con petulancia, dándole un puntapié al ruedo para darse vuelta.

—Oye, Coronel —dijo el doctor, con un guiño malicioso en los ojos, cuya mirada estaba clavada en el sombrero—. Si un perro rabioso o un caballo desbocado se te apareciese de pronto, ¿cómo te las arreglarías para quitarte del medio sin hacer un estropicio?

—No se cómo haría, pero procuraría salvarme —dijo Rosa, echando a correr en dirección al dormitorio. Los tacones de las botas se le enredaron en la alfombra, algunas cintas se rompieron, el sombrero se le cayó sobre los ojos, y terminó por tirarse exhausta en una silla, donde se puso a reír. Tan contagiosa fue su risa que todas la imitaron, salvo Clara.




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