Ocho primos
Ocho primos —Es exactamente lo que deseo —contestó el doctor, frotándose las manos y denotándose satisfecho—. Rosa parece lo que es, una niña modesta, que no quiere que la miren dos veces. Sin embargo, supongo que quien la vea no tendrá nada que objetar, sobre todo si son personas que están por la sencillez y por lo sensato, en vez de los recargos de adornos y las plumas. Vuélvete, Rosa, y deja que recree mi vista en la contemplación.
No habÃa mucho que ver, sin embargo; era un vestido sencillo, en un delicado y suave matiz de color castaño, que llegaba hasta casi rozar las botas de tacones bajos. Un saco de piel de foca, sombrerito y manguitos del mismo material y un toque de rojo en el cuello, y puños muy bonitos hechos con terciopelo de este color, completaban el adorno externo, dándole un delicioso aspecto de petirrojo… invernal, pero abrigado.
—¿Que te parece, Rosa? —preguntó el doctor, para quien la opinión de la niña era más importante a los fines de su triunfo que la de todas las tÃas del hormiguero.
—Me siento rara, pero suelta, y calentita como una tostada acabada de sacar del fuego; no parece que esto me trabe ningún movimiento —expresó Rosa, y al dar un saltito se le vieron unas ligas muy bonitas en piernas que gozaban de la misma libertad y actividad que las de un chico.