Ocho primos
Ocho primos —Ahora puedes huir de perros rabiosos corriendo todo lo que quieras, y caminar con paso ligero sin darte de bruces contra el suelo, ¿verdad?
—SÃ, tÃo, y si el perro viniese en este momento, saltarÃa una pared, asÃ… y los dÃas de frÃe andarÃa de este modo…
Identificada por completo con su nueva ropa, Rosa hizo piruetas en el respaldo de un sillón con la misma soltura que cualquiera de sus primos, y recorrió el corredor con igual rapidez que si sus botas fueran parientes de ésas de siete leguas de que habla el cuento.
—SÃ, eso es lo que van a lograr. Póngale esas ropas masculinas y andará retozando como un muchacho. Yo detesto todas esas invenciones de mujeres que creen demostrar carácter fuerte —exclamó la señora Clara, mientras Rosa volvÃa corriendo.
—SÃ, pues algunas de estas invenciones sensatas han salido del cerebro de una modista muy apreciada, que puede vestirte divinamente, o, ya que tanta importancia le das al detalle, muy a la moda. La señora Van Tassel fue a la casa de Madame Stone y ahora lleva un traje completo igual que éste. Me lo dijo Van mismo, cuando le pregunte cómo era que su esposa no estaba ya sentada el dÃa entero en el sofá, y daba vueltas por todas partes, lo cual no pudo menos de sorprenderme, teniendo en cuenta su salud delicada.