Ocho primos
Ocho primos Rosa habló con suavidad, pero con firmeza al mismo tiempo, aunque se advirtió cierto dejo de tristeza cuando miró el otro vestido que Febe había traído, y era natural que sintiese inclinación por vestir como las demás chicas. La tía Clara suspiró; el tío Alec sonrió, y dijo en tono apacible:
—Gracias, querida. Ahora lee este libro y verás qué es lo que debes hacer. Luego, si te parece, te daré otra lección; ayer te explique la primera, y creo que ésta es más útil que el francés o la economía doméstica.
—¿Qué…? —dijo Rosa, y tomó el libro que Clara había arrojado con disgusto.
Aunque el doctor Alec tenía ya cuarenta años, el gusto infantil por las bromas no había muerto en él y, transportado de gozo como estaba por su triunfo, no pudo resistir la tentación de escandalizar a Clara sugiriéndole posibilidades amedrentadoras. Es por ello que dijo, medio en serio y medio en broma:
—Fisiología, Rosa. ¿No te gustaría estudiar Medicina, teniendo a tu tío Alec, como maestro, y así podrás hacerte cargo de su consultorio cuando él lo deje? Si estás conforme, mañana mismo me pongo a buscar el esqueleto en que yo practicaba de estudiante.