Ocho primos
Ocho primos —Mire, tÃa, que bonita es la franela, y que blusita más alegre. FÃjese estas medias largas y cómo abrigan. Febe y yo estuvimos tentadas de risa cuando me ponÃa estas cosas, pero en seguida me gustaron. El vestido es muy cómodo y no necesita cinturón de ninguna clase, y puedo sentarme sin miedo de romperlo o deformarlo. Me gusta ir bien siempre, y cuando llevo ropas con muchos adornos, el miedo a estropeármelas me tiene preocupada todo el tiempo, y esto cansa mucho. Diga que le gusta. He decidido que tiene que gustarle, siquiera sea para complacer al tÃo, pues de salud sabe más que todas nosotras juntas, y si él me lo pidiera serÃa capaz de ponerme un saco de arpillera.
—No pido tanto, Rosa, pero quiero que compares los dos vestidos y elijas el que te parezca mejor. Lo dejo librado a tu buen criterio —dijo el doctor Alec, seguro de que la victoria era suya.
—Yo, por supuesto, tomo éste, tÃo. El otro es muy a la moda, claro…. y hasta debo agregar que me resulta muy hermoso, pero es pesado y tendrÃa que verse convertida en una muñeca de cuerda. Estoy agradecidÃsima a la tÃa, pero le pido que no se ofenda. Tomo éste.