Ocho primos

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En menos tiempo del que se tarda en contarlo, el doctor Alec la depositó en el sofá, abrigándola con la piel de oso; a su lado, Febe le frotaba los pies fríos y él hacía lo propio con las manos, mientras la tía Abundancia le preparaba una tisana y la tía Paz le mandaba su calientapiés y una frazada bordada.

Arrepentido y enternecido, Alec no descansó hasta que su paciente declaró sentirse bien de nuevo. No quiso que se levantara para cenar y le dio de comer él mismo, olvidándose de su propia cena mientras la niña se dormía bajo los efectos del ponche preparado por la tía Abundancia.

Así estuvo varias horas, y el doctor Alec, presa de incontenible ansiedad, notó que las mejillas de la chica ardían y tomaban el color inconfundible de la fiebre, que su respiración se tornaba fatigosa y que de cuando en cuando emitía un leve quejido, como si sintiese algún dolor. De pronto se despertó sobresaltada, y al ver que la tía Abundancia estaba agachada sobre ella, alargó los brazos y preguntó con entonación que denotaba cansancio:

—¿Puedo acostarme?


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