Ocho primos

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Mac se resignó, y Rosa esperó hasta que llegó la hora de comer y cayó en la sospecha de que su espera no tenía objeto. Se había esforzado por mantenerse en calor, patinando hasta acalorarse, pero luego la inmovilidad hizo que el frío le calara hasta los huesos. Trató de, entrar en vigor nuevamente, y para ello dio unos cuantos saltos por el camino, pero le faltaron energías, hasta que por último se acurrucó desconsolada debajo de un pino, esperando y mirando. Cuando por último se puso en marcha de vuelta, tenía los músculos adormecidos de frío, y le costaba mucho trabajo avanzar en dirección contraria al viento que soplaba cruel.

El doctor Alec estaba cómodamente en su estudio, junto al fuego, después de la recorrida, cuando el ruido de unos sollozos lo hizo correr precipitadamente a la puerta y mirar hacia el vestíbulo ansiosamente. Cerca de la estufa, Rosa estaba convertida en un manojo de nervios temblorosos, retorciendo las manos y esforzándose para no llorar bajo la intensa impresión del calor que volvía a sus dedos semicongelados.

—Querida mía, ¿qué te pasa? —preguntó el tío Alec, tomándola en brazos al instante.

—No vino Mac —contestó la niña, echando a llorar desconsoladamente—; no puedo entrar en calor y el fuego me hace doler —agregó mientras los dientes le castañeteaban, tenía la nariz azul y el solo verla daba pena.


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