Ocho primos
Ocho primos —Estará esperándome, mamá, porque Rosa siempre cumple su palabra, y le dije que no se moviera hasta que yo llegara —explicó Mac, el cual ya creÃa estar viendo a Rosa muerta de frÃo en la cima de un montÃculo castigado por los vientos.
—No puedo suponer que el tÃo la deje salir en un dÃa como éste. Si lo hace, ella tendrá criterio suficiente como para venir a verte aquÃ, y si no aparece, podrás tú ir a su casa —agregó la tÃa Juana, volviendo a sus ocupaciones.
—¡Ojalá que Esteban se largase a ver si está allà todavÃa, ya que yo no puedo ir! —exclamó Mac anhelantemente.
—No, gracias. Esteban no se mueve ni a palos. Ya tiene bastante con hacer que la sangre vuelva a circular en los dedos de sus pies —contestó el Dandy, que acababa de volver de la escuela y estaba luchando impacientemente con las botas.