Ocho primos
Ocho primos —ConfÃo que la chica no se quede mucho rato al aire libre, porque este viento es como para helar huesos más juveniles que los de Myra —pensó el doctor Alec, media hora después, mientras se alejaba en dirección al pueblo, para visitar unos cuantos enfermos que habÃa consentido en tomar por hacer un favor a un viejo amigo.
Varias veces caviló en esto mismo durante aquella mañana, pues era un dÃa realmente frÃo y a pesar de ir bien abrigado, el doctor tiritaba. Pero tenÃa mucha fe en el buen sentido de Rosa, y nunca se le ocurrió pensar que la niña estaba convirtiéndose en una especie de Casablanca, con la diferencia de que se congelaba en vez de achicharrarse en su puesto.
Ocurre que Mac habÃa quedado en juntarse con ella en cierto lugar, para realizar unos ejercicios de gran patinaje apenas finalizasen las breves lecciones que el niño estaba autorizado a estudiar. Rosa prometió esperarlo, y asà lo hizo con una lealtad que le costó muy caro, porque Mac olvidó la cita después de sus lecciones y se abstrajo en un experimento quÃmico hasta que una gran combustión de gases lo indujo a salir. Es entonces cuando súbitamente se acordó de Rosa, y de buena gana hubiese echado a correr en el acto, pero la madre se lo prohibió, temerosa de que el viento intenso le dañara los ojos.