Ocho primos

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Debemos confesar que entre los defectos del doctor —y tenía unos cuantos— estaba el desprecio varonil a todo consejo que él no hubiese pedido. Siempre escuchaba con respecto a las tías—abuelas y a menudo consultaba a la señora Jessie; pero las otras tres damas lo enfurecían con sus constantes prevenciones, quejas y consejos. En especial la tía Myra era como para poner a prueba la paciencia de un santo, y siempre se disponía en contra apenas ella empezaba a hablar. No podía evitarlo, y a menudo él mismo se reía de su propia debilidad. He ahí, precisamente, un ejemplo: poco antes estuvo pensando que Rosa debería postergar su ejercicio hasta que cesase el viento y el sol calentase más. Pero intervino la tía Myra, y no pudo resistir la tentación de pasar por alto su consejo, dejando que Rosa desafiase el frío. No podía temer que le pasase algo, pues salía todos los días; y fue gran satisfacción de su parte verla corriendo con los patines bajo el brazo y un aspecto que hacía pensar en un esquimal de mejillas rosadas completamente envuelto en pieles de foca. La niña dirigió a la tía Myra una sonrisa ceremoniosa y prosiguió su marcha erguida y firme como un gallito.





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